El humo atesoraba toda la fuerza cuando salia por las chimenas para evadirse por la ciudad. Recorría calles, aceras, ventas, puertas, buscando alguien que le escuchara. Nadie se paraba ante sus sueños. Nadie escondia su prisa ante sus acertijos. Nadie era lo suficientemente bueno para necesitarle. El humo ante la imposibilidad de dialogar decidió monologar en el infinito.
Ana Maria Tapias Garcia.
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