No hay fronteras para el sentimiento, como tampoco las hay para la nieve. Ocupan los corazones de aquellos, de aquellas, que estén dispuestos a soñar, que crean que las utopías no se espritan se pelean, que las dudas son parte de las hojas que caen, para ajustarse a la desnuda realidad, que el atardecer es un mal necesario para llegar al anochecer.
El frio se acariciaba en las calles, y allí estaba ella, una niña perdida con la nariz enrojecida. Sabía que enmudecería, que las lágrimas no perdonarían a sus ojos, contaminados por Blancanieves, pero era valiente, pese a todo. Puso su pequeña mano sobre la superficie blanca, sintió que la nostalgia no era necesaria, sintió que los caramelos eran para quienes sobrevivían dentro del lujo, de los escaparates, sintió que quería ser nieve aunque se helará al tocarla.
Con todo mi cariño para mi amiga Idoia, que me apoya siempre.
Ana Maria Tapias Garcia.