Andrés estaba cansado de calentarse al fuego de la chimenea, quería caminar por el pueblo, pero el miedo a las caídas le obligaba a quedarse sentado en su viejo sillón. Andrés asomaba su rostro por su ventana, con esperanza que un almendro le diera la mano y sus piernas fueran algo más que dos añadidos.
El almendro se despidió del invierno con un beso en su mejilla. Se amaban en la distancia de sus estaciones, y nada podían hacer para amarse de otra manera y Andrés miró el horizonte de su infancia, el único que recordaba.
Ana Maria Tapias Garcia.
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