El cáncer recorría su cuerpo dejándola convertida en un amasijo de huesos. Nunca perdió la fe, la llevaron en silla de ruedas a ver el Vía Crucis del viernes dolores, sería su última semana santa con los pies en la tierra, la siguiente no estaría en la calle.
Miró a la virgen doliente y la suplicó que la dejara irse con ella para ayudarla a superar su dolor. Juntas caminarían por las lágrimas dejando a un lado la esperanza de la vida. La virgen no supo qué decirla, estaba acostumbrada a callar y no hablar. Siguió su camino en su silla de ruedas.
Ana Maria Tapias Garcia
Ana Maria Tapias Garcia
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