Sus dedos se ahogaban en medio de un click de ratón. No sabía donde podía llegar si seguía leyendo el periódico: un atentado brutal en Beirut, le dejaban sin flotadores de esperanza. Otro atentado en Afganistan, le mutilaba su sueño de un mundo mejor. Otro atentado en Sudán, le dejaba con el agua al cuello.
Había perdido la cuenta de la sangre derramada. Sangre que le llevó al Titanic donde no quiso bailar con los músicos y se ahogó en medio de la indiferencia del resto de dedos, que seguían moviendo el ratón como sí fuera fácil.
Ana Maria Tapias Garcia.
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