miércoles, 8 de enero de 2014

Frio

Las campanas sonaban como un eco en sus oídos tras una noche pasada al raso. Nadie se fijaba en sus sombras, pasaban desapercibidas en medio de las rebajas. Cientos de manos se agolpaban delante de de escaparates, mientras ellos sólo pensaban en buscar algo que desayunar. Los bares y supermercados no tiraban nada por la mañana. A la gente le gustaban los bollos, sólo dejaban el envoltorio. Las tiendas con sus dependientas perfectamente combinadas abrían al público, antes habían tachado números de etiquetas y habían puesto otros números que resultaran más creíbles al ojo sin dinero. El dinero era el Dios al que rezar en cada amanecer. Se colocaron en una esquina con sus manos extendidas esperando la empatía de alguien que escuchara su frío.
Ana Maria Tapias Garcia.

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