"Aqui fue arrojado mi padre", dijo Paula, ante la mirada atónita de sus nietos. Sus ocho nietos acudieron con palas a desenterrar a su bisabuelo. Fue fusilado en la guerra por ser maestro. Sus palabras quedaron enterradas en su diccionario de la derrota. Paula una niña de diez años, les siguió en la oscuridad, oyó los disparos y supo que la mirada de su padre quedó en sus libros para siempre. Cuando podía acudía al lugar a hablar con su padre, era atea no rezaba. Su madre no tenía fuerzas para ir.
Paula estudió magisterio, cuando podía daba clases de historia y contaba la guerra, de una manera que todos la entendieran. Sus hijos se fueron del pueblo a la ciudad, donde se exiliaron del pasado. Las prisas acabaron con sus fuerzas y apenas volvían al pueblo. A sus nietos les gustaba los cuentos de su abuela, cada fin de semana la visitaban. Un sábado después de desayunar su abuela les dio una pala y fueron a poner el colorin colorado a la vida de un maestro fusilado.
Paula estudió magisterio, cuando podía daba clases de historia y contaba la guerra, de una manera que todos la entendieran. Sus hijos se fueron del pueblo a la ciudad, donde se exiliaron del pasado. Las prisas acabaron con sus fuerzas y apenas volvían al pueblo. A sus nietos les gustaba los cuentos de su abuela, cada fin de semana la visitaban. Un sábado después de desayunar su abuela les dio una pala y fueron a poner el colorin colorado a la vida de un maestro fusilado.
Con todo mi cariño a quienes fueron asesinados.
Ana Maria Tapias Garcia.
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