" El ascensor siempre hacia su trabajo: subir y bajar. Subía alegrías, bajaba tristezas. El ascensor una mañana se puso triste, melancolico y no quiso seguir trabajando. Lloraba y lloraba delante de todos y nadie le miraba. Lágrimas invisibles y dificiles de consolar. Él que siempre consolaba no recibía ayuda. Ayuda era una caricia, caricia de compresión y ternura. La ternura no era para los ascensores, sólo para los que pisaban el asfalto deprisa. Una niña llamada Mariana le sonrió ese día que tanto lo necesitaba y su sonrisa, sonrisa inocente, subió del primero, al segundo, del segundo al tercero, del tercero al cuarto, del cuarto al quitno, del quitno al sexto, y del sexto al cielo. Donde el ascensor no dejó de sonreir"
Ana
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