A sus ojos asomaba una mancha. Una mancha diminuta que todos confundieron con una lágrima. Pero no era una lágrima: era una decepción. Una decepción insìpida e incolora. Sus padres no la habían bautizado. Sólo era derramada en los rostros agnósticos. Rostros demacradados por las dudas. Rostros sin lugar a dudas imperfectos. La imperfección que todo rostro tiene alguna vez: una decepción.
A mis sobrinos: Santiago, Alonso, Guillermo, Mariana e Inés.
Ana Maria Tapias Garcia
Ellos calman mis dececpciones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario