Las joyas de su niñez no avalaban su madurez. Madurez alejada de la pulsera y los anillos que la habían regalado de pequeña. Desde que un anillo quedó atrapado en uno de sus dedos, no había vuelto a llevar a anillos. Tuvo que recurrir al agua con jabón. Sus padres bromeaban con llamar a los bomberos. No se puso más anillos. Su soltería venia de lejos. Las pulseras llevan escritas su nombre. Nombre que la impusieron. Nombre burocrático al que renunciaba. Como renunciaba a pasear delante de los demás como si ella fuera una joya y ellos no. Paseaba con sencillez. La sencillez de saber igual.
Ana María Tapias García.
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