No sabia qué hacer con él. Él permanecía acodado en el bar. No tenía ganas de conocerle. No tenía ganas de regalarle un diálogo. Hubiera huido de su sombra, sombra paternalista y llena de contradicciones. Le hubiera dejado en aquella esquina oscura y no le hubiera hablado pero su educación no se lo permitió y estableció un diálogo con él. Diálogo frio y lleno de hostilidad. Nunca romperían juntos un plato, ni soñarían juntos. Él nunca dialogaba.
Ana Maria Tapias Garcia
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