Laura tenía ochenta años y unas cuantas arrugas que la diferenciaban de sus amigas, todas operadas hace una década, lo que las hacia parecer abuelas estiradas que miraban el paso del tiempo con setenta años pero piernas de ochenta. Piernas que no acertaban a mirarse en el espejo. El espejo siempre era cruel sobre todo sí nunca te has operado y ves la cronologia en tus mejillas.
Ana Maria Tapias Garcia
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