La alcantarilla no sabia si atrapar a las hojas o dejarlas ir. Las pisadas la condenaban a estar siempre entre viejas suelas de zapatos que se quejaban de sus dolores. Pisadas que se iban con el paso de los años. Las hojas le hablarían y se olvidaría de las pisadas que le hacian reir. La alcantarilla dejó que las hojas siguieran el rumbo del viento y se durmió con el ruido de las pisadas, pisadas que la despertaban de sus pesadillas.
Ana Maria Tapias Garcia
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