Hojas sin destino se acumulaban en calles. Debían aprender el lenguaje de su nueva vida y de las pocas manos que las recogían. Una mano pequeña llena de sueños las buscaba con la mirada. Estaba cansada de buscar utopías en los demás y en ella misma. Utopías que siempre la hacían llorar. Abandonó utopías y aprendió el lenguaje de las calles. Lenguaje que se acaricia con las manos. Sus manos enseñaron el lenguaje a las hojas hasta que se arrugaban con amor. El amor es el lenguaje más difícil de aprender y que pocas manos son capaces de enseñar
Ana Maria Tapias Garcia
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