Evarista cocinaba en la lumbre sopas de ajo. Tras un dia duro de trabajo en el campo su marido Saturnirno y sus ocho hijos esperaban su ansiada cena. Las sopas de ajo olían en sus estomagos hambrientos que reclamaba atención. Niguno decía nada. Callaban ante el deseo. Callaban ante su plato cuando las manos de su madre rozaba sus manos para dejarles el plato. A veces no tenían platos para todos: un plato central servia de autoservicio y habian de ser rápidos para no quedarse con el hambre. El hambre castellano de la tierra y el sudor. Hambre que Evarista saciaba cada noche.
A mi abuela
Ana Maria Tapias Garcia.
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