Se frotó sus manos e hizo fuego sobre ellas. Fuego que llevó al bosque. Odiaba el bosque. Le odiaba con toda su fuerza. De pequeño el bosque le salvó de su soledad. Soledad de un niño de seis años de ciudad que llega al pueblo sin conocer a nadie. El bosque le regaló sus palabras. Palabras de aliento frente a los tirachinas de desconocidos. Pero él queria jugar con ellos y ellos no soportaban al niño de manos grandes. Manos grandes de su ciudad grande. Ellos temían oir sus historias. Historias de otra vida con más comodidades. Ellos temían no comer donuts, palomitas, o chicles. Ellos temían la otra felicidad, y por eso olvidaron al niño de manos grandes. Niño que creció solo y abandonado con la compañia del bosque. El bosque que ahora quemaba para borrrar sus recuerdo de soledad.
Ana Maria Tapias Garcia.
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