Al sanatorio iban llegando uno tras otros enfermos. Enfermos con caras desencajadas y angustias vitales. Enfermos que ignoraban cuanto tiempo estarían en aquellas camas. Camas del desaliento de sus dias de caminar libremente por las calles. Las calles eran una tortura para ellos. Las calles eran una duda. Duda de sus dias de salud.
En el sanatorio nadie sonreia. Nadie decia nada. Las palabras corrían hacia la puerta del salida.
En el sanatorio la esperanza de curarse era la única luz. La luz que cada mañana iluminaba sus rostros. En el sanatorio.
Ana Maria Tapias Garcia
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