El faraón asomaba su rostro a la ventana. No sabía como mirar sin sentirse un Dios. ¡ Era Dios o sólo un sueño de él!. Su rostro con arrugas cargadas de sabiduria ponían todo su empeño en creerse Dios. Dios que no escuchaba. Dios que no sonreia. Su rostro delante del agua parecía el de un escriba. Escriba del silencio. Los dioses no hablaban, tan sólo se limitaban a asomarse a la ventana.
Ana Maria Tapias Garcia
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