El atardecer se consumía ante su mirada. Mirada virgen. Mirada nunca cautiva de la vida. La vida se desarrollaba en la ciudad, y la ciudad quedaba lejos de ella y su pensamiento. Su pensamiento era su vestido con el que caminaba por la ciudad. La ciudad era un jeroglifico de prisas unidas a la contaminación. Contaminación que no abrazaba a nadie. Contaminación que derrotaba a los pulmones. Ella con su mirada virgen abrazaba lo único que aún no estaba contaminado: el atardecer. El atardecer y su pensamiento abrigaban su desnudez.
Ana Maria Tapias Garcia.
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