Marisa camina hacia la nada. La nada de su vida. Nadie nunca la había aportado amor. Tan sólo sus dos hijos y su madre. Los hombres con los que se había cruzado en su camino la abandonaron. Pero Marisa nunca se rindió y siguió sonriendo. Sonreía al aire, a las estrellas, a la luna llena. Desde la luna un hombrecillo con ojos de esperanza la veía. La seguia desde su telescopio. Sabía todo sobre ella. Ella sonreía pese a no ser correspondida. Ella dudaba de la bondad, un dia recibió una carta. La abrió y la leyó:
Querida Marisa,
Te escribo desde la luna. Tal vez no me creas, me gusta tu sonrisa. Tu sonrisa da sentido a mis dias de soledad. Te mando un billete de ida para la luna.
Un abrazo de un lunático.
Marisa se quedó sorprendida. Tomó fuerza y cogió el billete. El billete hacia su nueva vida. En la luna sonreiría a su hombrecillo y sería al fin respondida.
Ana Maria Tapias Garcia-
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