El asesino ocultaba sus crimenes bajo el espacio de su mirada. Mirada envanecida por su abogado." Eres inocente", le repetía su abogado. Tanto escribir la ortografia de la inocencia, que el asesino se lo creyó. Pero su crimen era evidente. Había matado. Había dejado sus huellas de sangre a lo largo del camino. Camino que le costó recorrer.
No quería matar, pero lo hizo. Siempre que mataba recordaba la misma escena: el cerdo desangrándose. Ese cerdo con el de pequeño había jugado. Desde entonces carecia de empatía. Con su cerdo se fueron sus lágrimas y con ellas se llenaron sus manos de sangre. La sangre de inoncentes.
No quería matar, pero lo hizo. Siempre que mataba recordaba la misma escena: el cerdo desangrándose. Ese cerdo con el de pequeño había jugado. Desde entonces carecia de empatía. Con su cerdo se fueron sus lágrimas y con ellas se llenaron sus manos de sangre. La sangre de inoncentes.
Ana.
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