La viuda temblaba frente al reloj que siempre daba cuerda su marido. Su marido compró el reloj con el dinero de una herencia. Herencia minuscula de su hermano: muerto en un accidente laboral, al caersele encima una pared Dia a dia picaba en la pared, hasta que se derrumbó. El reloj fue un capricho para contar las horas que pasaban juntos. Nunca se aburrían de su felicidad. Nunca pasaban página a sus palabras. Se escuchaban con fervor. Fervor roto en aquel amanecer que él dijo su última palabra: adiós. La viuda miraba al reloj sin reconciliarse con el pasado.
Ana Maria Tapias Garcia
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